La imagen del Santo Cristo ha sido venerada por los habitantes de la villa desde tiempos inmemoriales. Al principio se llamaba Santo Cristo del humilladero, pero a principios del siglo XIX cambió su advocación conociéndole desde entonces como Santo Cristo de la Peña. La importancia de la imagen para nuestro pueblo se ha tratado de explicar a través de muchas leyendas. Hoy os traemos una que ha escrito Gloria I. Pedrazuela en colaboración con Aguilafuente curiosa. Estamos convencidos de que la disfrutaréis muchísimo.

« Seguramente muchos de Uds. conozcan diferentes versiones. Me gustaría compartir una de ellas; la que mi tía Pepa nos contaba y que siempre generó, tanto en mis hermanos como en mí, cierta intriga»

Gloria I. Pedrazuela Frías

Cuenta la leyenda, que hace mucho tiempo, la lluvia escaseaba y debido a la falta de agua y al intenso calor, las cosechas se secaban. La tierra no daba los frutos deseados y los labradores, desesperados, ya no sabían que hacer. Acudían día tras día al campo, pidiendo la lluvia, regresando a sus casas al atardecer, impotentes ante la resistencia de las nubes a descargar sus gotas sobre los campos de Aguilafuente.

Un día, uno de aquellos labradores ya no podía más y se sentó en un montón de piedras que hacían la función de límite entre sus tierras y las de su vecino, muy cerca del lugar donde se encuentra la ermita del Sto. Cristo de la Peña y, asegurándose que nadie le veía, se puso a llorar desesperadamente. Ese año la cosecha estaba casi perdida y con ella el pan de su familia estaría perdido también. Sus ojos estaban empañados por las lágrimas, así que sacó un blanco pañuelo que guardaba en el bolsillo del pantalón y que también le servía para limpiarse el sudor de la frente, cuando observó nítidamente algo extraño delante de él. Se secó los ojos rápidamente con el pañuelo y contempló atónito que un enorme lagarto estaba frente a él, inmóvil y observándole. El hombre, sin pensarlo dos veces, cogió una de las piedras más pequeñas que formaban parte del montón sobre el que estaba sentado y se la lanzó, con intención de matarlo, pero el lagarto, pasando entre sus piernas, se escondió, a la velocidad del rayo, debajo del mismo montón de piedras sobre las cuales permanecía sentado el hombre. ¿De dónde habría salido aquel enorme lagarto? Nunca había visto por aquellas tierras nada igual.

El labrador marchó a su casa y le contó a su mujer lo ocurrido. Ella le dijo que era imposible que un lagarto lo estuviera mirando fijamente, sin moverse y que seguramente habría sido una alucinación como consecuencia del tórrido calor.

El hombre regresó al día siguiente a sus tierras de labor, como lo llevaba haciendo toda su vida, pero ese día fue primero a ver si encontraba al lagarto. Dio varias vueltas por el lugar donde lo había visto el día anterior, pero no encontró nada. Cansado, volvió a sentarse de nuevo sobre el montón de piedras a tomar un trago de vino de la bota. Cuando terminó de beber, fue a colocarla en sus alforjas y, estupefacto, volvió a encontrarse con unos ojos inmensos que le miraban ¡allí estaba el lagarto de nuevo! En este caso, se quedó paralizado, miró a un lado y al otro, cerró los ojos, pensando que sería una alucinación como había dicho su mujer, esperó unos segundos y los abrió nuevamente. Unos ojos enormes seguían ante él, mirándole. Cogió una piedra y se la lanzó al animal, con más fuerza, si cabe, que el día anterior, pero el lagarto repitió la misma operación del día anterior, a una velocidad de vértigo, se escondió de nuevo bajo las piedras.

El labrador llegó a su casa malhumorado por la impotencia de no haber podido matar a un lagarto que parecía reírse de él. Ese día no le contó nada a su mujer, no quería que ella pudiese burlarse también y no creyera lo que él le contaba.

En días sucesivos, el labrador volvió al mismo lugar con la intención de hacer cara al lagarto y matarlo, pero no lo consiguió; día tras día se repetía la historia.

El pobre hombre pensó que estaba realmente volviéndose loco, así que por fin decidió contárselo a su mujer, temiendo que esta le tomase por tal. Al contrario de lo que el labrador suponía, atenta escuchó todo aquello que su esposo le contaba; se quedó pensativa, pero no dijo nada. Cuando terminaron de cenar, le propuso acompañarle al día siguiente al campo y así entre los dos conseguirían acabar con ese lagarto burlón.

Y así lo hicieron; se presentaron temprano en el lugar de costumbre, al lado del montón de piedras, con la intención de esperar a que apareciese el lagarto y matarlo, sin darle tiempo de volver a esconderse. No llevaban mucho tiempo allí cuando el lagarto se hizo presente, colocándose ante sus ojos en una postura desafiante. Se miraron el matrimonio y, en un gesto de complicidad, se lanzaron sobre él para darle caza, pero fue imposible; volvió a esconderse bajo las piedras. La mujer se abalanzó hacia el montón de piedras y comenzó a retirarlas para sacar al dichoso animal de su escondite. El hombre hizo lo mismo.

Llevaban retiradas un buen montón de piedras, cuando asombrados descubrieron algo; parecía la guarida del dichoso animal. Retiraron una piedra que parecía servir de techo a la cueva, cuando, atónitos, descubrieron una mano. Se quedaron paralizados. La mujer cayó hacia atrás de la impresión y el hombre se quedó inmóvil, incapaz de articular una sola palabra. ¿Qué había allí? ¡No podían creerlo! ¡Un lagarto les había conducido hasta aquel hallazgo!

Cuando recobraron el aliento y pudieron reaccionar, decidieron volver a colocar varias piedras encima con la intención de proteger aquello que acababan de encontrar, sin saber bien de qué se trataba y regresaron al pueblo lo más rápido que pudieron. Contaron a las autoridades el hallazgo que acababan de descubrir bajo unas piedras, en el camino de Lastras. Las autoridades se lo comunicaron al párroco, no sabían que podrían encontrar y quizás aquello necesitase la ayuda de un sacerdote, o bien de que éste diese fe de lo que allí se encontrara; y sin demorarlo un segundo, partieron todos hacia el lugar indicado. Una vez allí, contemplaron a un enorme lagarto que parecían esperar su llegada. El alguacil cogió un palo y lo levantó con intención de matarlo, entonces el labrador le sujetó la mano impidiéndoselo; ese lagarto había sido el guardián de aquel lugar y el que les condujo a ese descubrimiento, no podían matarlo, le debían respeto. Comenzaron a retirar las piedras con sumo cuidado, no sabían lo que podían encontrar allí. Según las iban retirando, lo que parecía la imagen de Cristo crucificado iba apareciendo. Cuando consiguieron sacarlo, lo constataron. Lo llevaron al ayuntamiento y lo limpiaron; una hermosa imagen, majestuosa, de Cristo yacente en la cruz, con una mirada impactante, acababa de ser encontrada en el lugar menos esperado. ¿Por qué los esconderían allí? ¿Quiénes lo hicieron? ¿Por qué nadie lo sabía? Infinidad de incógnitas que hoy en día están sin resolver. Lo llevaron a la iglesia de Sta. María y allí los vecinos de Aguilafuente comenzaron a adorarle con un fervor cada vez mayor, convencidos de que aquella imagen tenía algo especial.

La lluvia regresó y los campos germinaron, salvando aquel año las cosechas y así el sustento de tantas familias que dependían de ello. Cada vez estaban más convencidos de que esa imagen realmente era la representación de Jesucristo hecho Hombre y que accedía a las peticiones que los vecinos solicitaban con verdadera fe. Cada vez estaban más seguros de que aquellos que lo escondieron sabían de sus poderes divinos y probablemente lo hicieron para evitar que esa imagen fuera destruida por aquellos que no creían en la religión cristiana.

Dada la importancia que, en poco tiempo, aquella imagen fue generando entre los habitantes de Aguilafuente, se pensó que el Cristo merecía un lugar especial, fuera de la iglesia; un lugar donde pudiesen visitarlo todas las personas devotas que quisieran y, para eso, qué lugar mejor que aquél en el que había sido encontrado. Entre todos ellos construirían ese lugar para Él y lo cuidarían de una forma especial. El labrador que lo encontró dijo que él se encargaría de proteger aquella imagen y también de cuidar ese lugar, pasando ese legado a sus descendientes, de generación en generación, como “Mayordomos” del Santo.

Y así lo hicieron; construyeron una ermita para ese Cristo que sería conocido por todos como «SANTO CRISTO DE LA PEÑA», ya que había sido encontrado bajo unas peñas. Para que se recordara a través de los siglos cómo fue su aparición, se mandó tallar en madera, a modo de peana, las peñas y encima de ellas un lagarto, gracias al cual fue encontrada esa hermosa imagen.

Imagen del Santo Cristo de la Peña en su ermita.
Ayuntamiento. Año 2020